Con un propósito claro: recorrer todas las misiones católicas de California y sumergirnos en la historia y la cultura que han perdurado a lo largo de los siglos. Desde el primer día, cada parada nos ofreció algo especial—las paredes de adobe que han resistido el paso del tiempo, los jardines tranquilos, los relatos de quienes fundaron esos lugares.

Caminar por los pasillos de San Juan Capistrano y ver las ruinas de su antigua iglesia nos transportó a otra época, mientras que la majestuosa fachada de Santa Bárbara nos dejó sin palabras. Cada misión tenía su propia esencia, y el viaje se convirtió en una experiencia de aprendizaje y conexión con el pasado.

Después de días recorriendo el estado, nuestra última parada fue San Diego. Nos esperaba una sorpresa inolvidable: una visita especial a Petco Park, el estadio de los Padres. A diferencia de un día de juego, esta vez el lugar estaba completamente vacío, y tuvimos todo el espacio para nosotros. Recorrimos los palcos privados, la zona de los jugadores, los bares, cada rincón que normalmente está reservado para unos pocos. Pero lo mejor estaba por venir.

La estatua de Tony Gwynn en Petco Park es un homenaje a su legado como uno de los mejores jugadores en la historia de los Padres de San Diego.

Mientras explorábamos, sin darnos cuenta tomamos un giro equivocado y nos encontramos en un área desconocida del estadio. Durante unos minutos, estuvimos perdidos, caminando por pasillos que parecían no llevar a ningún lugar. Fue un momento de risas, de emoción, hasta que un empleado nos encontró. En lugar de apresurarnos a salir, nos ofreció algo inesperado: disfrutar del estadio como si fuera nuestra casa.

Nos llevó directamente al campo de juego, y en ese instante todo cobró vida de una manera diferente. Sentir el césped bajo los pies, imaginar el sonido de la multitud, pararnos en el diamante como si estuviéramos listos para batear… Fue un momento mágico. Corrimos las bases, hicimos gestos de jonrones imaginarios, disfrutamos la sensación de estar en el corazón del estadio. No éramos espectadores, éramos protagonistas de nuestra propia historia de béisbol.

Cuando finalmente salimos, supimos que este viaje había sido algo más que un recorrido por la historia de California. Fue una aventura llena de emociones, aprendizaje y momentos únicos, y lo recordaríamos siempre como uno de los mejores viajes que habíamos hecho.

Por Cesar Molina

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